lunes, 21 de marzo de 2011

Textos. Economía y sociedad en la España del siglo XIX. Restauración.

ECONOMÍA Y SOCIEDAD EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX (Restauración)




 Programa del PSOE


   Considerando que la sociedad actual tiene tan solo por fundamento el antagonismo de clases; que este ha alcanzado en nuestros días su mayor grado de desarrollo, como bien claro lo revela el cada vez más reducido número de los inmensamente ricos y el siempre creciente de los inmensamente pobres; que la explotación que ejercen aquellos sobre estos es debida únicamente a la posesión de los primeros de la tierra, máquinas y demás instrumentos de trabajo; que dicha posesión está garantizada por el poder político, hoy en manos de la clase explotadora; es decir, de la clase media.
   Por otra parte: considerando que la necesidad, la razón y la justicia exigen que el antagonismo entre una y otra clase desaparezca, reformando o destruyendo un estado social que tiene sumidos en la más espantosa miseria a los que emplean toda su vida en producir la riqueza que poseen los que en muy poco, o nada, son útiles a la sociedad; que esto no se puede conseguir más que de un solo modo: aboliendo las clases y con ellas los privilegios y las injusticias que actualmente reinan y creando en su lugar colectividades obreras unidas entre sí por la reciprocidad y el interés común; que las transformaciones de la propiedad individual en propiedad social o de la sociedad entera es la base firme y segura en que ha de descansar la emancipación de los trabajadores; que la poderosa palanca con que estos han de remover y destruir los obstáculos que a dicha transformación de la propiedad se opongan ha de ser el poder político, del cual se vale la clase media para impedir la reivindicación de nuestros derechos.
   Por tanto, el Partido Socialista Obrero Español declara que su aspiración es:

   Abolición de clases, o sea, emancipación completa de los trabajadores. Transformación de la propiedad individual en propiedad social o de la sociedad entera. Posesión del poder político por la clase trabajadora.
   Y como medios inmediatos para acercarnos a la realización de este ideal, los siguientes:
    Libertades políticas. Derecho de coalición o legalidad de las huelgas. Reducción de las horas de trabajo. Prohibición del trabajo de los niños menores de nueve años, y de todo trabajo poco higiénico o contrario a las buenas costumbres, para las mujeres. Leyes protectoras de la vida y de la salud de los trabajadores. Creación de comisiones de vigilancia, elegidas por los obreros, que visitarán las habitaciones en que éstos vivan, las minas, las fábricas y los talleres. Protección a las Cajas de socorros mutuos y pensiones a los inválidos del trabajo. Creación de escuelas gratuitas para la primera y segunda enseñanza y de escuelas profesionales en cuyos establecimientos la instrucción y educación sean laicas. Justicia gratuita y Jurado para los delitos. Servicio de las Armas obligatorio y universal y milicia popular. Reformas de las leyes de inquilinato y desahucios y de todas aquellas que directamente lesionen los intereses de la clase trabajadora. Adquisición por el Estado de todos los medios de transporte y de circulación, así como de las minas, bosques, etc., etc., y concesión de los servicios de estas propiedades a las asociaciones obreras constituidas o que se constituyan al efecto. Y todos aquellos medios que el Partido Socialista Obrero Español acuerde según las necesidades de los tiempos.


 Madrid, 9 de julio de 1879. Alejandro Ocina, Gonzalo H. Zubiaurre, Victoriano



Descripción de la clase media


 (...) Ya no era el apocado y meticuloso provinciano recién llegado a Madrid a pretender un destinillo que nunca se me daba; que estudiaba en los transeúntes el modo de andar y de vestir a la moda, y, estrujando los bolsillos para sacar un puñado de pesetas que no eran mías, adquiría con ellas un contrahecho arreo con que presentarme, tropezón y balbuciente, entre las gentes elegantes; (...) vestía a la moda porque mi sueldo, casi doblado desde que me había metido a crítico, daba para ello; era yo, en fin, un publicista que tenía un nombre que sonaba mucho en tertulias y cafés, y amigos y admiradores, y trato de gentes, y soltura y desembarazo para andar por Madrid como por mi casa (...) ¿Quién, pues, como yo para entender con planta firme en los empingorotados salones y aspirar a ser el mimado cronista de sus fiestas y ornamentos?


   J.M. de Pereda: Pedro Sánchez, 1883



La sociedad española de finales del siglo XIX


  Los que deseen formarse clara idea de las condiciones en que vive nuestro pueblo, deben visitar las casas cuyas señas indicamos, y examinar por sí mismos los alimentos y los vestidos; solo así se podrá adquirir un conocimiento exacto de cosas que no son para ser descritas al por menor. La mortalidad en las masas obreras es superior a la de las demás clases sociales. Para convencerse de ello basta comparar el número de defunciones por cada mil habitantes que ocurren en los distritos de Madrid donde predominan las gentes pobres (Latina, Inclusa...), con las cifras análogas obtenidas en los barrios poblados por personas ricas o clase media (Centro, Buenavista...). En algunas calles habitadas casi completamente por jornaleros y desvalidos la cifra relativa de mortalidad está representada casi por el doble de la cifra media de Madrid, según se deduce de los datos consignados en el registro civil.
Influyen en tan malos resultados dos géneros de causas:
   1. La mala alimentación, vestidos, habitación, etc.
   2. La ausencia completa en los talleres de las precauciones sanitarias (...). Los alimentos que consumen en Madrid los obreros son caros y malos (...).
El obrero toma menos cantidad de materia alimenticia de la que necesita, y esta cantidad no tiene para la nutrición el valor que aparenta. Consecuencias finales: el agotamiento gradual de fuerzas, la predisposición a enfermar, el exceso de mortalidad.
   Los obreros de Madrid viven: Algunos en barrios construidos para estas clases. Muchos, en otros barrios donde preponderan las masas jornaleras. Bastantes en buhardillas y patios de distintas casas.
   Los primeros son los que se encuentran mejor alojados. Uno de los barrios, deja hoy por hoy poco que desear. Las últimas casas que se han levantado en él constan: de un recibimiento, cuartito para guardar ropas o herramientas, cocina y patio en la planta baja, un saloncito y dos alcobas en el principal. Los obreros que ocupan las casas pueden adquirirlas abonando en un período que no ha de pasar de veinte años cuatro mil doscientas cincuenta pesetas. Los barrios de Madrid donde preponderan los obreros carecen de limpieza, de higiene y de toda clase de condiciones para ser habitados, sin dejar de hallarse en continuo peligro la salud y la vida de sus moradores. Visítense detenidamente la mayor parte de las casas de muchas calles
(...) y se verá hasta qué punto se hacinan aquí las gentes en miserables cuartuchos”.


Enrique Serrano Fatigati, 1884



 En Madrid, uno se pregunta dónde empieza el gran mundo y dónde termina. Todo el mundo se conoce. Una presentación se acompaña inevitablemente del ofrecimiento, por ambas partes, de su casa. Y puede aceptarse la hospitalidad sin temor a encontrarse nunca con mala cara o mala acogida en casa de nadie.
   Desde hace dos o tres años las señoras españolas han establecido la costumbre de tener ‘un día’ para recibir; pero se va a todas partes, en cualquier momento; las visitas, las comedias de salón, las cenas y los paseos ocupan la vida corriente de las madrileñas. Se acuesta uno a las dos o las tres de la madrugada y se levanta uno a las diez, sin otra preocupación que la de distraerse. Para un joven como usted, Madrid es la tierra prometida. Durante seis meses del año le faltará tiempo para divertirse (...) hay diez días de gala, once de media gala, una temporada de ópera y salones permanentes en los que se recibe cuatro veces por semana; un encantador paseo de coches en el Retiro, corridas de toros, carreras de caballos, los conciertos de primavera y los días de moda en el Teatro Español y en la Comedia. Si con este repertorio se aburre usted, es que ya está hastiado de todos los placeres. Lo primero que debe hacer es abonarse a la Ópera, le guste o no le guste la música; mejor es que no le guste, y así compartirá esa indiferencia con el gran mundo madrileño. Solo el pueblo, colocado en el inmenso gallinero de lo alto, escucha en la Ópera la música que adora. Ya le he dicho que cada palco es un salón, donde se visita a los amigos; es allí donde se hacen las presentaciones y se conoce a la gente por primera vez. Hermosas mansiones, viejos palacios, reciben a la vez a aristócratas, altos funcionarios, generales y financieros, poetas y novelistas. Lo encantador de estas reuniones es la nobleza de sentimientos, la tolerancia de este gran mundo, donde Castelar y Cánovas, Martos y Carvajal, carlistas y demócratas, se tutean, se abordan y se quieren, porque el español no es rencoroso”.


Conde Paul Vasili, 1885.



   Criáronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. Don Baldomero no tenía carácter para poner freno a su estrepitoso cariño paternal, ni para meterse en severidades de educación y formar al chico como le formaron a él. Santa Cruz tenía muy presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que le imponía y las privaciones que le había hecho sufrir. Todas las noches del año le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la casa; hasta que cumplió los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en corporación con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino el día de Pascua, y le hacían un trajecito nuevo cada año, el cual no se ponía más que los domingos. Teníanle trabajando en el escritorio en el almacén desde las nueve de la mañana a las ocho de la noche, y había de servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir cartas. Al anochecer, solía su padre echarle los tiempos por encender el velón de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente dueñas del local. En lo tocante a juegos, no conoció nunca más que el mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho después del tiempo en que empezó a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo, sordidez. Pero lo más particular era que creyendo don Baldomero que tal sistema había sido eficacísimo para formarle a él, lo tenía por deplorable tratándose de su hijo. Esto no era una falta de lógica, sino la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos: el progreso: ‘¿Qué sería del mundo sin progreso?’, pensaba Santa Cruz, y al pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios instintos.
Había oído muchas veces a los economistas que iban de tertulia a casa de cantero, la célebre frase laissez aller, laissez passer (…). Felizmente para Juanito, estaba allí su madre, en quien se equilibraban maravillosamente el corazón y la inteligencia. Sabía coger las disciplinas cuando era menester y sabía ser indulgente a tiempo. Si no le pasó nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que iba a la universidad y entraba en la cátedra de Salmerón, en cambio no le dispensó del cumplimiento de los deberes religiosos más elementales. Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos, no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el campo (…) ni los demás divertimentos con que se recompensaba su aplicación (…). La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivían en ella holgadamente y les sobraba espacio. Tenían un salón algo anticuado, con tres balcones. Seguía por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego otro aposento, después la alcoba. A la derecha del salón estaba el despacho de Juanito, así llamado, no porque este tuviese nada que despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas librerías. Era una habitación muy bien puesta y cómoda. El gabinetito de Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante de la casa y la única tapizada con tela; todas las demás lo estaban con colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola con oro (…). Los muebles eran de raso y felpa y seda combinadas con arreglo a la moda, siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni tampoco por rutinario. Seguía luego la alcoba del matrimonio joven, la cual se distinguía principalmente de la paterna en que en esta había lecho común y los jóvenes los tenían separados. Sus dos camas de palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas como las de un sagrario de Jueves  Santo. La alcoba de los pollos se comunicaba con habitaciones de servicio y le seguían dos grandes piezas que Jacinta destinaba a los niños… cuando Dios se los diera (…). El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble, listones claveteados también, y los bodegones al óleo (…). Estaban abonados los Santa Cruz a un landó. Se los veía en los paseos; pero su tren era de los que no llaman la atención. Juan solía tener por temporadas un factón o un tílburi, que guiaba muy bien, y también tenía caballo de silla; mas le picaba tanto la comezón de la variedad, que a poco de montar un caballo ya empezaba a encontrarle defectos y quería venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se daban buena vida (…). Comían bien: en su casa había muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que habían venido a menos. No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con cualquier jefe; y la ayudaban dos pinchas, que más bien eran alumnas. Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes. Don Baldomero disfrutaba de una renta de veinticinco mil pesos, parte de alquileres de su casa, parte de acciones del Banco de España y lo demás de la participación que conservaba en su antiguo almacén. Daba además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital para que emprendiera negocios por él; pero al chico le iba bien con su dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza: el resto de su renta lo capitalizaba don Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada año, bien amasando para hacerse con una casa más (…). Del gobierno doméstico cuidaban las dos, pero más particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al despotismo ilustrado.


Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta (1886-1887)



Contra el proteccionismo económico.


   ¿Alzar una barrera a través de los derechos arancelarios es por ventura el único medio de proteger la agricultura? No (...) ¿Cree el Sr. Cánovas que es el único remedio para que los males de la agricultura desaparezcan, que no hay otra solución que la de elevar los derechos establecidos en el arancel para los cereales? Pues de esta manera sólo conseguirá encarecer la vida, dificultar la producción y ponernos, por tanto, en peores condiciones en la lucha con los países que hoy en día producen más barato que nosotros.


J. López Puigcerver: Diario de Sesiones de las Cortes (1888)



Crítica al proteccionismo
 

   El proteccionismo, aprovechando la reacción política y económica de la restauración, ha conseguido paralizar la reforma de 1869 […]. Yo no diré ahora […] que sean precisamente debidos todos los progresos evidentes de todas las industrias en España a la reforma de 1869; pero sí diré, porque es notorio, que los progresos de todas las industrias españolas importantes han coincidido en el tiempo con las varias reformas arancelarias liberales que se han hecho desde 1841 acá. […] Veamos el efecto necesario de la subida de los aranceles, que es el famoso remedio proteccionista.
[…] Sucederá, si el artículo recargado es de absoluta necesidad para la vida, que una parte de lo que el país dedicaba a satisfacer esa necesidad con productos del extranjero, irá a aumentar el consumo de los similares nacionales, pero esto se verificará a costa de una reducción en el consumo de todos los demás artículos menos necesarios. La industria favorecida obtendrá una ventaja; para las demás se agravará o se presentará la crisis; y si se elevan los derechos de todas, la ruina será general e inevitable para productores y consumidores.
¿Qué sucede, en efecto, en las industrias protegidas? El producto se encarece, si es su consumo necesario […]; los productores pueden realizar y realizan grandes beneficios. El capital que está invertido en otras industrias, al ver que en la protegida se obtienen beneficios mayores, acude a ella abandonando su anterior empleo […].
Por esta excitación resulta una afluencia anormal del capital y del trabajo a la producción de los artículos favorecidos, que llega a aumentar su número con exceso sobre las necesidades naturales y propias del mercado. La venta se hace difícil, los almacenes se llenan de mercancías sin salida, y preséntase fatalmente la crisis, la cual no puede cesar sino disminuyendo la producción; esto es, haciendo todo lo contrario de la elevación de los derechos protectores que la estimulan artificial y violentamente.


Gabriel Rodríguez, «De la libertad de comercio», Revista de España, 1888.



La vida de la clase obrera


   La mortalidad en las masas obreras es superior a la de las demás clases sociales. […] Influyen en tan malos resultados dos géneros de causas: 1.º La mala alimentación, vestidos, habitación, etc. 2.º La ausencia completa en los talleres de las precauciones sanitarias adoptadas primero en los pueblos sajones (Inglaterra, Estados Unidos, Australia…), y luego en casi todos los civilizados. Estas precauciones son muy necesarias en las industrias donde se desprenden partículas sólidas o gases. […] El obrero toma menos cantidad de materia alimenticia de la que necesita […]. Consecuencias finales: el agotamiento gradual de fuerzas, la predisposición a enfermar, el exceso de mortalidad que hemos indicado. […]
   Los barrios de Madrid donde preponderan los obreros carecen de limpieza, de higiene y de toda clase de condiciones para ser habitados, sin dejar de hallarse en continuo peligro la salud y la vida de sus moradores. Visítense detenidamente la mayor parte de las casas de muchas calles, como las del [se citan calles concretas] y se verá hasta qué punto se hacinan aquí las gentes en miserables cuartuchos.
   La edad de seis años para empezar a trabajar es la general no solo en Cataluña, sino en los demás centros fabriles de España […]. En estas regiones como en las antes citadas trabajan [los niños] de doce a trece horas, ganan muy poco y se les trata muy mal […]. Se les emplea en todos [los tipos de trabajo], sin andarse con […] distinciones [de edad o sexo], y es muy natural que así sea, pues los niños, a pesar de su escasa fuerza productora, tienen para el capitalista la doble ventaja de costar poco en el mercado de trabajo y contribuir con su presencia en él a abaratar el precio de alquiler del trabajo adulto.


 Comisión de Reformas Sociales, Información oral y escrita (1889)



   En mi oficio, el término medio del salario de un oficial de encuadernador es de 10 reales; y el gasto diario de una familia, suponiéndola de tres individuos, y creo que no exagero es el siguiente:
   Los días laborables al año, descontados los 67 festivos, son 298, que, a razón de 2,50 pesetas de jornal, término medio, en mi oficio, dan un resultado de 745 pesetas.
Resumen: viviendo con la economía posible para no morirse de hambre, una familia proletaria gasta al año 1 449,05 pesetas, y gana el jefe de ella, suponiendo que trabaje todos los días laborables del año 745 pesetas. El déficit al año es de 704,05 pesetas.
Y téngase en cuenta —añade el encuadernador— que no he puesto gastos para enfermedades y para vestir… De modo que queda demostrado que el salario es insuficiente…

Gastos Pesetas
Casa 0,50
Pan, 2 kilos, a 36 céntimos 0,72
Carbón, un kilo 0,23
Desayuno compuesto de café y leche 0,36
Comida del mediodía
Garbanzos, 125 gramos
Carne, 250 gramos
Tocino, 72 gramos
Verdura, medio kilo
0,12
0,50
0,15
0,08
Cena
Carne, 250 gramos
Patatas, 3/4 de kilo
Aceite, 125 gramos
0,50
0,12
0,24
Luz, aceite mineral 0,10
Jabón y varios 0,25
Tabaco 0,10
Total diario 3,97
Total anual 1 449,05


Comisión de Reformas Sociales, Información oral y escrita (1889)



  Ideario anarquista


   El asalariado, de hecho, reduce al hombre política y económicamente a la esclavitud, porque no sólo coloca al obrero bajo la dependencia del capitalista, sino que además implica su despojo, puesto que el capitalista detenta naturalmente, para enriquecerse, el producto del trabajo de todos en beneficio exclusivamente suyo. Si así no fuera, ocurriría que a la par que aumentase el capital de un industrial, se verían aumentar también y al mismo tiempo los capitales de sus obreros; y lo que ocurre es precisamente lo contrario, pues que a la par que crecen las riquezas de la burguesía crece también la miseria de los trabajadores...por consecuencia obligada de las anteriores premisas, queremos los anarquistas, de acuerdo con los principios elementales de la justicia, igualdad de condiciones económicas para todos los hombres, lo que sólo puede alcanzarse poniendo a disposición de las colectividades productoras la tierra y los instrumentos del trabajo industrial, para que utilizándolos aquéllos directamente atiendan las necesidades propias y a las generales del cuerpo social por los medios y procedimientos que juzguen más adecuados...
   Queremos...que la vida social se organice de abajo a arriba, por contratos con individuos e individuos y contratos entre asociaciones de oficio y asociaciones de oficio, como primer elemento constituyente del porvenir. Queremos el contrato de momento, siempre revisable y reformable, que dura tanto como dure su objetivo y la voluntad de las partes contratantes...
   Que la más completa libertad permita a todos obrar y producirse en las más diversas relaciones sin coacción alguna externa...
    Una sociedad fundada en la igualdad de condiciones y la libertad más completa hará hermanos a todos los hombres y la generosidad y los sentimientos de solidaridad se producirán esplendorosos para remediar todos los males y suplir todas las deficiencias.
   Esto es, en suma, lo que queremos, la transformación que busca gran número de trabajadores, el ideal novísimo del proletariado anarquista.


  La Cuestión Social, Valencia, 28 de mayo de 1892.



Justificación de la propaganda de hecho


   Sr. Director de "El País"
... quiero... dejar bien aclaradas las causas que han influido en mi manera de ser y los objetivos que me proponía conseguir con el atentado del 24 de septiembre.
... He mantenido a lo largo de mi vida una lucha titánica por la existencia. He sentido en mi propia piel los efectos de esta sociedad, mal constituida y peor gobernada. Constato que es un cuerpo gangrenado... He creído que era necesario destruirla y he querido ofrecer a esa obra demoledora mi aportación en forma de otra bomba.
Al general Martínez Campos, como soldado y como caballero, lo respeto. Pero he querido herirlo, he querido deshacer uno de los muchos pilares sobre el que descansa el actual estado de las cosas en España...Quiero que conste que, al realizar mi acto, no me impulsaba otro móvil que el de sacrificar mi vida en beneficio de mis hermanos de desgracia...
...No quiero que señalen a mis hijos como los hijos de un asesino, sino que se les considere como hijos de un hombre honrado que dio su vida por una causa que, quizás equivocadamente, creía la mejor, pero que dio su sangre en la convicción de que hacía un buen servicio a la humanidad.


Firmado. Paulino Pallás Latorre
Carta publicada en el periódico "El País" el 8 de octubre de 1893. Fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado el 6 de octubre del mismo año.
Castillo de Montjuic. Calabozo núm 5. 3 de octubre de 1893



Objetivos de la Unión General de Trabajadores


   La Unión General de Trabajadores de España se propone:
1º Reunir en su seno las diversas organizaciones obreras que tengan por fin la mejora y la defensa de las condiciones de trabajo por medio de la resistencia.
2.- Provocar la creación de nuevas Sociedades de oficios donde éstas no existan y ayudarlas para que constituyan Federaciones locales y Uniones nacionales
5.- Reclamar a los poderes públicos leyes que favorezcan los intereses del trabajo, como la jornada laboral de 8 horas, la fijación del salario mínimo, la igualdad de salario para los obreros de uno y otro sexo.


Memoria al Congreso internacional en Zurich del delegado de la UGT 1893



Reglamento de una fábrica de finales del siglos XIX


Todo obrero de esta empresa se obliga a cumplir estrictamente las condiciones siguientes:
– Las horas de trabajo serán de siete a doce de la mañana y de una a seis de la tarde.
– El obrero que se retrase cinco minutos de  la hora marcada se le impondrá, por primera vez una multa de 20 céntimos; la segunda de un cuarto de día, y la tercera será despedido.
– Hacer todo cuanto sus superiores le manden.
– Queda terminantemente prohibido el comer dentro de la fábrica
–El obrero que por imprevisión rompiere algún cristal u otro objeto cualquiera, será de su cuenta lo que cueste el reconstruirlo.
–El obrero que por enfermedad faltare a los trabajos, tendrá necesidad de acreditarlo por medio de certificación facultativa; en caso contrario, pasará a ocupar su puesto el primer suplente.


El Socialista, 22 de septiembre de 1899.



El regeneracionismo


   Y la verdad es que la agricultura civilizada española con nuestros 300 milímetros de lluvias en los llanos, con nuestros vientos secantes y con nuestro sol de justicia se halla férreamente sujeta a este dilema implacable: o tener agua o perecer; o, con humedad suficiente, la abundancia y la riqueza cual en parte ninguna, o, con sequía, la pobreza y la miseria, cual donde más pobres y miserables.
   Se impone, pues, la política hidráulica, esto es, la conversión de todas las fuerzas nacionales hacia esa gigantesca empresa. Porque, lo repito, es necesario en ella lo grande y lo pequeño.
   Hay que atreverse a restaurar magnos lagos, verdaderos mares interiores de agua dulce, multiplicar vastos pantanos, producir muchedumbre de embalses, alumbrar, aprovechar y detener cuantas aguas caen dentro de la península sin devolver al mar, si se puede, una sola gota. Hay, entiéndase bien, que derramar por todas partes láminas de agua, grandes y chicas, las cuales con su evaporación extensísima lubrifiquen nuestro ambiente sequísimo y, con ayuda del arbolado forestal y de ribera, restablecidos, contrarresten los vientos terrales, favorezcan los monzonales, templen la temperatura, hagan nuestra atmósfera menos mortífera para la vegetación, y aumenten, en fin, la cantidad pluviométrica de nuestras hoy tan escasas lluvias. Y sobre todo, ¿no es verdad que con agua, todo, arbolado, cultivos, prados, ganadería, abonos, es posible y reproductivo, pero sin agua, todo, irrealizable, estéril y económicamente ruinoso?… ¡He ahí, pues, un inmenso campo abierto a las iniciativas de la Ingeniería de todas clases y a la actividad nacional!…


Ricardo Macías Picavea: El problema nacional, 1899

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