lunes, 6 de diciembre de 2010

EL DESASTRE DE 1898 Y SUS CONSECUENCIAS

EL DESASTRE DE 1898 Y SUS CONSECUENCIAS.

   Tras la pérdida de la América continental durante el reinado de Fernando VII, los restos del Imperio colonial español eran Cuba, Puerto Rico, Filipinas y un conjunto de islas e islotes dispersas en el Pacífico. La situación de Cuba y Puerto Rico presentaba unas características similares: su actividad económica se basaba en la agricultura de exportación (caña de azúcar y tabaco); aportaban a España importantes beneficios económicos; constituían un mercado cerrado, porque España las obligaba a comprar los productos hispanos, y controlaba sus exportaciones; y España aseguraba con sus tropas y su administración la explotación esclavista en beneficio de una reducidísima oligarquía.
   En Filipinas, la población española era escasa y los capitales invertidos no eran importantes. La soberanía española se había mantenido gracias a la presencia militar y a la labor de las órdenes religiosas.
   La pérdida de los restos del Imperio colonial provocó grave crisis nacional, el “desastre del 98”, que supone una ruptura parcial con el pasado y abre una nueva etapa en la historia española contemporánea.

a)    Las  guerras de Cuba y Filipinas. La guerra contra los Estados Unidos.

   Tras el fin de la “Guerra de los Diez Años” (1878), los sucesivos gobiernos no habían cumplido las condiciones establecidas en la Paz de Zanjón, debido a las presiones ejercidas por los hacendados cubanos y por los españoles con intereses económicos en la zona, grupos oligárquicos con gran influencia en el Parlamento español.
   El movimiento independentista cubano, durante esos años, había madurado y avanzado, bajo el liderazgo de José Martí y Antonio Maceo. En 1895, se reinició la guerra con el Grito de Baire, siendo enviado el general Martínez Campos para dominar la insurrección. Martínez Campos intentó una política de conciliación, pero la insurrección era más extensa y organizada que la de 1872, y regresó a España al negarse a aplicar medidas represivas sobre la población civil. El nuevo gobierno de Cánovas envió al general Weyler, gran conocedor de la isla, que cambió la situación de la insurrección. Weyler utilizó una nueva estrategia para luchar contra las guerrillas: dividió el territorio en trochas o líneas fortificadas, que impedían el paso de los insurrectos y concentró a la población civil en compartimentos para evitar que pudiera apoyar a los guerrilleros. Se inició una guerra de desgaste que se prolongó a lo largo de 1896 y 1897. 
   Fue en este momento cuando los Estados Unidos decidieron intervenir. Los Estados Unidos habían apoyado a las guerrillas independentistas desde el estallido de la insurrección. Eran partidarios de la independencia cubana, porque suponía el abandono por los europeos de su última colonia en la zona, y por los intereses económicos norteamericanos en la isla. Los norteamericanos habían presionado para que España les vendiera la isla, pero el gobierno español se había negado. En 1896, fue elegido presidente McKinley, partidario de la intervención. La opinión pública norteamericana, influida por la prensa (Hearst, Pulitzer), presionaba a favor de la intervención en Cuba. El pretexto que hizo posible la intervención fue la explosión del Maine. Era un acorazado norteamericano, anclado en el puerto de La Habana, que explotó el 15 de febrero de 1898, causando 254 muertos. Los norteamericanos no aceptaron la propuesta española de que el asunto fuera investigado por una comisión internacional y, tras realizar una investigación rápida, atribuyó la responsabilidad indirecta a España por no garantizar la seguridad del puerto. La prensa norteamericana convirtió está responsabilidad indirecta en directa, y, en estas condiciones, el gobierno norteamericano propuso primero, en marzo de 1898, la compra de la isla por 300 millones de dólares, y, ante la posible negativa española, lanzó un ultimátum que amenazaba con la guerra si en tres días (20 de abril) España no renunciaba a la soberanía sobre la isla.
   En Filipinas, la situación era también crítica. Tras tres años de rebelión, el ejército español había conseguido dominar prácticamente la situación. Pero en la primavera de 1898, ante el inminente estallido de la guerra entre España y Estados Unidos, la flota norteamericana se dirigió a las Filipinas para apoyar a los insurrectos.
   El desarrollo de la guerra fue rápido. La superioridad material y técnica norteamericana  y la cercanía a los objetivos fueron decisivas en la marcha de la guerra.
   En Filipinas, la escuadra norteamericana derrotó a la española en la batalla de Cavite (1 de mayo de 1898) y, en agosto, los norteamericanos, ocuparon Manila.
   En Cuba, la flota del almirante Cervera, tras permanecer sitiada en Santiago, fue derrotada el día 3 de julio, y el día 17 se rendía la ciudad. A finales de julio, tropas norteamericanas desembarcaban en Puerto Rico.
   Ante esta situación, el 12 de agosto España pidió un armisticio y renunció a la soberanía de sus colonias. El 10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de Paz de París, que establecía:
ü  Renuncia de España a su soberanía sobre Cuba, que entra en la órbita norteamericana
ü  Cesión de Filipinas, Puerto Rico y Guam a Estados Unidos, a cambio de 20 millones de dólares.
   En junio de 1899, el gobierno español, ante la imposibilidad de mantener los últimos reductos del Imperio colonial, firmó el Tratado hispano-alemán, que suponía la cesión de las islas Marianas (salvo Guam), las Carolinas y las Palaos, a cambio de 15 millones de dólares.

b)    Las consecuencias del desastre.

  • Demográficas. Se calcula que las guerras de 1895-1898 provocaron 120.000 muertos, la mitad de ellos soldados españoles. La mayoría de las muertes se produjeron por enfermedades infecciosas como la fiebre amarilla, la tisis, la disentería, etc.
  • Sociales.  La mayoría de los muertos y los heridos procedían de las clases bajas, de aquellos sectores de la población que no habían podido pagar el dinero necesario (2000 pesetas) que excluía de las quintas. 
  • Económicas. Las repercusiones económicas no fueron importantes a corto plazo, salvo la fuerte subida de los precios de los alimentos en 1898. A largo plazo, la derrota supuso la pérdida de los ingresos procedentes de las colonias., así como la pérdida de los mercados privilegiados que éstas suponían y de las mercancías que, como el azúcar, el cacao o el tabaco, deberían comprarse en los mercados internacionales a precios más altos.
  • Políticas. El desastre provocó el desgaste de los partidos turnantes. Así, se produjo la pérdida de autoridad y el final de la carrera de los políticos que habían dirigido la primera etapa de la Restauración, apareciendo nuevos líderes como Silvela y Maura en el Partido Conservador, y Canalejas y Montero Ríos en el Partido Liberal.
  • Militares. El desastre provocó un fuerte desprestigio del ejército. El ejército, pese a las impopulares quintas, a los recursos materiales y a los sacrificios humanos, no había estado preparado para un conflicto como el ocurrido. La imagen del ejército salió fuertemente dañada del 98.
  • Psicológicas. En el plano de la psicología colectiva, el pueblo español vivió la derrota como un trauma nacional, extendiéndose los sentimientos de inferioridad, desmoralización e impotencia.
  • Internacionales. España deja de ser una potencia mundial, con territorios distribuidos por todo el mundo, y se convierte en una potencia de segundo orden.
·         Intelectuales. El desastre provocó el surgimiento de diversas corrientes críticas:
1.      La actitud crítica de los intelectuales y escritores que convergen en torno al modernismo y a la “generación del 98”, que reflexionan sobre el “tema de España”, su pasado y su futuro:  Unamuno, Baroja, Maeztu, etc.
2.      La crítica realizada por los regionalistas, especialmente, por el catalán, porque la burguesía catalana fue la más afectada por la pérdida de las colonias.
3.      El movimiento obrero que denunció la marginación del pueblo en la vida pública nacional.
4.      El regeneracionismo, que buscaba una solución a los males de España y proponía una regeneración del país. Entre los regeneracionistas destacaban Macías Picabea, Mallada, Isern y, especialmente, con Joaquín Costa, autor de Oligarquía y caciquismo como forma actual de gobierno en España. Los regeneracionistas indicaban que los males del país eran el aislamiento del cuerpo electoral, la corrupción de los partidos políticos y el atraso económico y social de España con respecto a los países de su entorno. Los regeneracionistas defendían la reorganización de la vida política, la limpieza del sistema electoral, la reforma educativa, la ayuda social, las obras públicas y, en definitiva, una actuación encaminada al bien común y no en beneficio de los intereses políticos de la oligarquía dominante. Políticos como Maura, Canalejas o Silvela adoptaron algunas ideas regeneracionistas.







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